Reportaje | Fracking: daños documentados, riesgos transfronterizos y la contradicción Sheinbaum

Redacción

  • Daños documentados en Texas avivan alertas por riesgos ambientales y sanitarios para México
  • Viraje de la presidenta de México sobre fracking choca con evidencia científica y objeciones ciudadanas

Ciudad de México.- El debate sobre el fracking no comienza en una hipótesis, sino en daños documentados.

En Estados Unidos —y particularmente en Texas— el historial acumulado de la fractura hidráulica ha dejado evidencia sobre contaminación atmosférica por metano, problemas asociados a la inyección de aguas residuales, aumento de sismicidad inducida y riesgos para acuíferos. Reguladores texanos han restringido pozos de inyección por su vínculo con terremotos; y la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos (EPA, por sus siglas en inglés, Environmental Protection Agency) ha intervenido por preocupaciones sobre fugas, contaminación y fallas regulatorias.

Pero los daños documentados no se limitan al ambiente. También alcanzan la salud humana y la calidad de vida.

Diversos estudios han asociado vivir cerca de operaciones de fracking o de intensa actividad petrolera y gasífera con mayores riesgos de afectaciones respiratorias, crisis de asma, nacimientos prematuros y bajo peso al nacer. Investigaciones en Texas también han vinculado la quema de gas (flaring) con mayores riesgos de parto prematuro, mientras comunidades cercanas a zonas de extracción han denunciado ruido industrial permanente, tráfico pesado, olores químicos, deterioro del entorno, temor por accidentes y pérdida de habitabilidad.

No sólo se discute enfermedad. Se discute si comunidades enteras pueden seguir viviendo en condiciones dignas alrededor de esa actividad.

Ese es el punto de partida incómodo: el fracking no llega a México como una tecnología experimental sin antecedentes, sino precedida por un expediente ambiental, sanitario y social bajo cuestionamiento.

Y sobre esa base se levanta la alarma mexicana.

Científicos, organizaciones ciudadanas y la Alianza Mexicana contra el Fracking han advertido que esos impactos podrían no quedar contenidos del lado estadounidense. Señalan riesgos plausibles para ecosistemas compartidos, presión sobre acuíferos, contaminación atmosférica transfronteriza y efectos potenciales sobre la salud en comunidades mexicanas, especialmente en regiones donde se ha planteado explotar gas no convencional, como Coahuila, Tamaulipas y Veracruz.

Aquí emerge un punto crítico que endurece el debate.

Aunque a la fecha no existe evidencia concluyente que haya modelado impactos directos de emisiones del Permian Basin sobre Coahuila, Nuevo León o Tamaulipas, para especialistas y organizaciones, ese vacío no es tranquilizador. Es alarmante.

El problema es que México discute abrir la puerta al fracking sin contar siquiera con estudios binacionales robustos que permitan saber si daños transfronterizos ya están ocurriendo.

Y esa ausencia de información —más que disipar preocupaciones— fortalece el principio precautorio. Porque si no se ha demostrado daño, tampoco se ha demostrado ausencia de daño.

Y esa diferencia importa.

El agua: aspecto preocupante

Si el argumento sobre contaminación atmosférica enfrenta vacíos de modelación, el frente hídrico plantea una preocupación más tangible.

Investigaciones periodísticas han documentado uso intensivo de agua del sistema del Río Bravo/Rio Grande para operaciones petroleras y de fracking en Texas.

Existe preocupación fundada de que el fracking del lado estadounidense pueda estar agravando presión sobre un sistema hídrico compartido del que dependen comunidades mexicanas.

Aquí aparece otro dato inquietante: científicos han documentado la existencia de 15 acuíferos transfronterizos potenciales entre Texas y México.

Eso vuelve más difícil sostener que los riesgos puedan analizarse como si la frontera fuera una barrera geológica. No lo es.

El Permian: contaminación extraordinaria, pero sin estudios binacionales suficientes

Otro dato refuerza la crítica. Sí existe evidencia robusta de emisiones extraordinarias de metano en el Permian, una de las mayores regiones productoras de hidrocarburos del mundo.

Sí existen estudios que atribuyen a esa actividad problemas regionales de ozono.

Sí hay evidencia de que contaminantes se transportan regionalmente.

Lo que no existe es suficiente modelación binacional para saber si parte de esas cargas contaminantes ya están afectando el norte de México.

Y ese vacío, por sí mismo, plantea una falla científica y regulatoria.

Porque un país que debate expandir el fracking sin contar siquiera con esa información básica está discutiendo una política energética sin haber medido plenamente sus riesgos.

El problema no es sólo ambiental; es de credibilidad

Aquí emerge la contradicción central.

Durante años, Claudia Sheinbaum Pardo sostuvo una crítica frontal contra el fracking. Como científica y figura política, argumentó que la técnica implicaba alto consumo de agua, contaminación química y riesgos incompatibles con una política climática seria.

Hoy, como presidenta de México, sostiene otra cosa. Afirma que existen nuevas tecnologías menos dañinas, con menores impactos y posibles controles que justificarían reabrir el debate.

Pero ese viraje detonó una objeción demoledora desde la sociedad civil: si los riesgos del fracking eran estructurales antes, ¿por qué dejaron de serlo ahora?

Y si la evidencia científica crítica no ha desaparecido, ¿qué cambió realmente: la ciencia… o la política?

Porque el contraste es difícil de ignorar.

Antes, Sheinbaum cuestionaba el fracking por sus daños. Ahora explora si esos daños pueden administrarse.

Antes el argumento era precautorio. Ahora es tecnocrático.

Antes la lógica era climática. Ahora es de seguridad energética.

No es un matiz. Es un cambio de paradigma.

La advertencia de científicos y organizaciones: no existe “fracking sustentable”

Éste es quizá el golpe más directo al nuevo discurso oficial.

Colectivos y especialistas han rechazado la idea de un fracking “limpio” o “sustentable”, sosteniendo que los problemas no son simples fallas corregibles, sino inherentes a la técnica:

* Requiere grandes volúmenes de agua;
* Genera residuos complejos;
* Puede detonar riesgos sísmicos;
* Implica emisiones difíciles de controlar;
* Y profundiza dependencia fósil en plena crisis climática.

Y agregan un argumento devastador: si Texas —con décadas de experiencia regulatoria y mayores capacidades técnicas— sigue lidiando con daños y controversias, sostener que México podría hacerlo sin reproducir riesgos exige una prueba extraordinaria. No una promesa.

Peña y López Obrador: antecedentes mínimos

Enrique Peña Nieto abrió la puerta mediante la reforma energética. Andrés Manuel López Obrador la cerró en el discurso, aunque con cuestionamientos sobre inconsistencias.

Pero hoy el foco ya no está ahí. Está en Sheinbaum.

Porque es su propio cambio de postura —más que los antecedentes de sus predecesores— lo que ha convertido el fracking en una disputa sobre congruencia política y autoridad científica.

La conclusión de fondo: ¿quién debe decidir?

La contradicción es brutal. La Sheinbaum que hoy abre la puerta al fracking parece no ser la misma que durante años ayudó a construir argumentos para cerrarla.

Una sostuvo que los riesgos eran inaceptables. La otra sostiene que podrían gestionarse.

Ambas posturas no pueden tener el mismo peso sin exigir una explicación rigurosa.

Y esa explicación no puede quedar en manos exclusivas del gobierno que impulsa el cambio.

Porque si la decisión es sobre agua, salud pública, clima, territorio y riesgos irreversibles, la voz decisiva no puede reducirse a un comité técnico diseñado desde el poder.

Debe incluir —con peso real, no decorativo— a científicos independientes, comunidades afectadas y sociedad civil organizada.

Porque si la evidencia crítica se subordina a la urgencia energética, la ciencia deja de orientar la política y empieza a legitimarla.

Y entonces el problema ya no sería sólo el fracking.

Sería manipular los argumentos de la ciencia para justificar aquello que antes consideraba inadmisible.