A 90 años de su fusilamiento a manos del franquismo, el poeta sigue siendo símbolo de las luchas por la diversidad sexual, la justicia social y la memoria histórica
Redacción
La madrugada del 18 de agosto de 1936, el poeta Federico García Lorca fue fusilado por fuerzas franquistas en un camino entre Víznar y Alfacar (Granada). Sin juicio. Sin tumba conocida hasta hoy.
¿Por qué? Por ser un intelectual libre, cercano a la República, y por ser homosexual en una España que no lo perdonaba.
Autor de Bodas de sangre, Yerma y La casa de Bernarda Alba, Lorca también llevó el teatro clásico a los pueblos más pobres de España con su compañía La Barraca, porque creía que la cultura era un derecho, no un privilegio.
Su asesinato lo convirtió en símbolo: del antifascismo, de la memoria histórica que aún se busca, y de la lucha por la diversidad sexual, que hoy reivindica su nombre como recordatorio de cuánto talento y cuántas vidas ha costado la intolerancia.
En México, su legado se mantuvo vivo gracias al exilio republicano español, y fue adoptado por voces como Carlos Monsiváis y Chavela Vargas.
90 años después, su cuerpo sigue sin aparecer. Su voz sigue viva.









