La CDMX sí es el corazón de México, pero no es todo el país

México merece maestros en las aulas, no una capital secuestrada

Por Marco Antonio Olvera

A unas horas de la inauguración de la Copa Mundial de la FIFA 2026, la Ciudad de México debería estar proyectando al mundo lo mejor de nuestro país: su cultura, su hospitalidad, su capacidad organizativa y el esfuerzo cotidiano de millones de mexicanos que trabajan, producen y construyen un mejor futuro para sus familias.

Sin embargo, una vez más, un grupo minoritario de dirigentes y activistas de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) ha decidido imponer su agenda mediante bloqueos, plantones y acciones que han alterado gravemente la vida de millones de ciudadanos que nada tienen que ver con sus demandas.

La última estimación oficial de la CANACO CDMX reportó, hace una semana, pérdidas superiores a los 405 millones de pesos como consecuencia de las movilizaciones y bloqueos. Y las pérdidas han continuado acumulándose después de ese reporte. Miles de negocios han resultado afectados. Comerciantes, trabajadores, prestadores de servicios, taxistas, restauranteros y pequeños empresarios han tenido que absorber costos que no les corresponden.

Pero el dinero es apenas una parte del problema.

Lo verdaderamente grave es la normalización de una conducta profundamente irresponsable: utilizar a millones de ciudadanos como rehenes para ejercer presión política.

Durante semanas, los habitantes de la capital han enfrentado cierres viales, congestionamientos extraordinarios, retrasos, cancelaciones de actividades y obstáculos para realizar tareas tan básicas como llegar al trabajo, a la escuela, a una cita médica o a una consulta hospitalaria. En redes sociales circulan testimonios de personas afectadas por los bloqueos mientras intentaban trasladarse para recibir atención médica. Independientemente de cada caso particular, el simple hecho de que una movilización genere riesgos para personas enfermas o en situación vulnerable debería ser motivo suficiente para cuestionar seriamente sus métodos.

La Ciudad de México sí es el corazón de México, pero no es todo el país.

No existe ninguna razón legítima para que grupos provenientes de distintas entidades federativas conviertan a la capital en escenario permanente de presión política, alterando la convivencia pacífica de millones de personas que no participan en el conflicto. Los habitantes de la ciudad no son responsables de resolver las demandas de la CNTE y, sin embargo, son quienes terminan pagando una parte importante de los costos.

Conviene aclararlo: esta no es una defensa del gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum, ni de Morena, ni de ningún partido político. Tampoco es una discusión ideológica.

Se trata de defender algo mucho más importante: el interés nacional.

Se trata de defender el derecho de millones de mexicanos a trabajar, producir, estudiar, circular libremente y vivir en paz.

Mientras algunos bloquean avenidas, México sigue adelante. México está produciendo automóviles. México está cosechando alimentos. México está generando empleos. México está exportando productos al mundo. México está innovando, emprendiendo y trabajando todos los días para salir adelante.

Y también está en las aulas.

En esas aulas donde miles de maestros comprometidos cumplen con su responsabilidad profesional y social, educando a las nuevas generaciones. Precisamente por ello resulta aún más lamentable que quienes deberían estar impartiendo clases se hayan convertido en protagonistas de un penoso espectáculo de confrontación que perjudica a la sociedad que dicen defender.

El daño tampoco se limita a la movilidad o a la economía local.

A pocas horas del inicio del Mundial, medios internacionales han incorporado las protestas de la CNTE a la cobertura sobre México. La conversación que debería estar centrada en el deporte, el turismo, la inversión y la celebración internacional comparte espacio con imágenes de bloqueos, campamentos, vallas y conflictos.

Millones de visitantes, periodistas, creadores de contenido y espectadores de todo el mundo observan lo que ocurre en la capital. Y lo que observan no es únicamente una protesta: observan una ciudad obligada a reorganizarse para contener los efectos de acciones destructivas y caóticas de algunos que afectan a la mayoría.

Ninguna causa social se fortalece cuando castiga a la población.

Ninguna reivindicación laboral gana legitimidad cuando perjudica a comerciantes, trabajadores, pacientes, estudiantes y ciudadanos que nada tienen que ver con la negociación.

Y ningún movimiento puede reclamar superioridad moral mientras sus acciones generan daños económicos y sociales sobre millones de personas inocentes.

Millones de mexicanas y mexicanos amamos el futbol. Nos entusiasma el Mundial. Nos enorgullece recibir nuevamente un evento de alcance global. Pero el problema de fondo no es el futbol.

El problema es aceptar como normal que un grupo relativamente pequeño pueda paralizar una zona metropolitana de más de veinte millones de habitantes para imponer sus condiciones.

Guardar silencio frente a eso no es tolerancia democrática.

Es resignación cómplice. Guardar silencio no es opción responsable.

México merece mejores formas de diálogo. Merece manifestaciones que respeten los derechos de terceros. Merece maestros comprometidos con la educación y autoridades capaces de resolver conflictos. Pero, sobre todo, merece que ningún interés particular, por legítimo que se considere a sí mismo, se coloque por encima del bienestar colectivo y del presente y futuro de la nación.

Porque una protesta deja de ser una herramienta democrática cuando comienza a destruir aquello que dice defender.