Acerca del calendario escolar – Segunda parte

Por René Juvenal Bejarano Martínez

SEGUNDA DE TRES PARTES

Con ese calendario escolar —el que comenzaba en septiembre y concluía hacia mediados de julio— transcurrieron después los años decisivos de mi adolescencia y mi juventud. A veces pienso que la vida entera puede reconstruirse siguiendo simplemente la secuencia de los calendarios escolares: los primeros uniformes, los útiles nuevos, las ceremonias de honores a la bandera, las boletas de calificaciones, los períodos vacacionales y la lenta transformación interior que ocurre casi sin que uno lo advierta mientras cambian los ciclos lectivos.

Así cursé los tres años de secundaria en la Escuela Secundaria Diurna No. 58 “Jaime Torres Bodet”, ubicada en la colonia Casas Alemán. Aquella etapa significó para mí el ingreso a un mundo más amplio y más complejo. La infancia comenzaba a quedar atrás y el calendario escolar adquiría otra dimensión: ya no era únicamente la organización externa del tiempo, sino también el escenario donde iban apareciendo las primeras inquietudes ideológicas, las amistades duraderas, los descubrimientos intelectuales y las incertidumbres propias de la adolescencia.

Recuerdo los amaneceres fríos rumbo a Casas Alemán, los camiones urbanos avanzando lentamente entre avenidas todavía cubiertas por la neblina matinal y aquella sensación de que la ciudad crecía más rápido que nuestra capacidad para comprenderla. La secundaria pública de aquellos años era una mezcla singular de disciplina institucional y efervescencia juvenil. Los maestros todavía representaban figuras de autoridad sólidas; las ceremonias cívicas conservaban solemnidad; y el calendario escolar parecía funcionar como una especie de columna vertebral invisible que sostenía la rutina colectiva de miles de estudiantes.

Después vinieron los cuatro años en la Escuela Nacional de Maestros. Ahí el tiempo escolar adquirió para mí un significado todavía más profundo. Ya no era solamente alumno: comenzaba a prepararme para convertirme en profesor. Mientras otros jóvenes soñaban con profesiones distintas, nosotros aprendíamos que enseñar implicaba mucho más que transmitir conocimientos: significaba participar en la formación espiritual, ética y social de generaciones enteras.

La Normal tenía su propio ritmo, su propia respiración. El calendario escolar organizaba no solo las clases teóricas, sino también las prácticas docentes, las ceremonias, las actividades culturales, las jornadas deportivas y las discusiones políticas que inevitablemente atravesaban aquellos años de intensa efervescencia social en México. Septiembre ya no significaba únicamente el regreso a clases: representaba el reencuentro con compañeros que poco a poco se convertían en una especie de familia pedagógica y emocional.

Y luego llegó el momento en que dejé de mirar el calendario desde el pupitre para observarlo desde el escritorio del maestro.

Con ese mismo calendario inicié mi trabajo como profesor de educación primaria en la Escuela Primaria “Gertrudis Armendáriz de Hidalgo”, en Cuautepec de Madero, muy cerca del Reclusorio Preventivo Varonil Norte. Todavía puedo recordar la mezcla de orgullo y vértigo que sentí durante aquellos primeros días frente a grupo. Había cruzado ya la frontera simbólica entre el niño que asistía a la escuela cargando cuadernos y el joven maestro responsable de orientar a decenas de alumnos provenientes, en su mayoría, de familias trabajadoras y barrios populares semejantes al mío.

Entonces comprendí otra dimensión del calendario escolar: para los maestros, el tiempo educativo no se mide únicamente en meses o vacaciones, sino en generaciones. Cada ciclo representa rostros nuevos, historias distintas, problemas familiares, talentos inesperados y pequeñas victorias cotidianas. Uno aprende a reconocer septiembre no solo por el inicio de clases, sino por el olor de los salones recién limpiados, por las listas de asistencia todavía desconocidas y por la incertidumbre de no saber qué clase de grupo tocará conducir ese año.

Después, cuando llegué a la Universidad Autónoma Metropolitana, descubrí otra manera de organizar el tiempo académico. El ciclo escolar ya no se dividía en largos períodos anuales, sino en tres trimestres. El primero comenzaba en septiembre y concluía en diciembre. Aquella estructura me pareció, desde entonces, más racional y eficiente que el viejo sistema anual e incluso más funcional que los semestres tradicionales que, en la práctica, muchas veces terminaban convirtiéndose en trimestres disfrazados debido a paros, puentes, trámites administrativos y múltiples interrupciones.

El trimestre imponía un ritmo distinto: más dinámico, más intenso y quizá más acorde con la velocidad contemporánea del conocimiento. El estudiante debía mantenerse en movimiento permanente, sin largos períodos muertos. Había menos tiempo para la dispersión y mayor continuidad intelectual. Mientras cursaba aquella experiencia educativa, reflexioné muchas veces sobre la manera en que el calendario escolar no es un simple instrumento organizativo, sino una concepción filosófica del aprendizaje y del tiempo humano.

Porque toda sociedad organiza su educación según la idea que posee acerca de la vida, del trabajo y del futuro.

Sin embargo, más allá de las reformas, las discusiones pedagógicas y los distintos modelos administrativos, el calendario seguía avanzando implacablemente, como avanzaba también la existencia misma. Cambiaban los planes de estudio, los gobiernos, los discursos educativos y las generaciones de alumnos, pero el tiempo continuaba deslizándose con la misma serenidad inexorable con la que las hojas caen de los árboles o las campanas anuncian el final de una jornada escolar.

Y mientras el calendario seguía igual —o aparentaba seguir igual—, nosotros íbamos envejeciendo discretamente entre ciclos escolares, exámenes, reuniones académicas, boletines, vacaciones y despedidas. Porque quizá la vida, vista desde cierta distancia, no sea otra cosa que una larga sucesión de calendarios que lentamente van agotándose sobre el escritorio del tiempo.

Por azares del destino —o quizá por esas misteriosas ironías con las que la vida suele cerrar ciertos círculos—, años después de haber sido aquel niño que caminaba entre calles de tierra rumbo a la primaria de la colonia Martín Carrera, me correspondió participar, ya como legislador federal durante la LVI Legislatura, en una comisión encargada de analizar la viabilidad de modificar el calendario escolar en México.

Todavía hoy me parece extraño recordarlo.

Yo, que había vivido el calendario escolar desde la pobreza de la periferia, desde la mirada del alumno, desde la experiencia del maestro rural-urbano y desde la reflexión universitaria, me encontraba ahora sentado entre funcionarios, especialistas y pedagogos discutiendo oficialmente algo que durante décadas había regulado la vida cotidiana de millones de mexicanos.

Las reuniones se realizaban en el viejo edificio de la Secretaría de Educación Pública, aquel monumental conjunto arquitectónico ubicado entre las calles de Argentina, Brasil, Luis González Obregón y Belisario Domínguez, en el corazón del Centro Histórico de la Ciudad de México. Cada vez que llegaba a aquellas sesiones sentía que ingresaba no solamente a un edificio gubernamental, sino a una especie de templo civil de la educación mexicana.

El exterior del inmueble imponía desde lejos una solemnidad austera. Sus grandes muros de tezontle rojizo y cantera gris parecían contener siglos enteros de historia nacional. El edificio respiraba un aire virreinal y republicano al mismo tiempo, como si en sus corredores coexistieran todavía los ecos del antiguo convento colonial y las voces modernas del México posrevolucionario que soñó con alfabetizar al país entero.

En aquellas calles del centro histórico el tiempo parecía desplazarse de otra manera. Los vendedores ambulantes convivían con estudiantes, oficinistas, turistas y burócratas; las campanas de las iglesias cercanas se mezclaban con el ruido de los automóviles y el murmullo incesante de la multitud. Muy cerca flotaba todavía la sombra antigua de la ciudad de los virreyes, de los pregoneros y de los viejos maestros rurales que alguna vez llegaron hasta ahí buscando audiencia para sus escuelas olvidadas.

Pero era el interior del edificio lo que verdaderamente producía asombro.

Uno atravesaba los grandes portones y de inmediato aparecían los patios inmensos rodeados de arcos y corredores interminables. Las bóvedas parecían sostener no solamente el techo, sino una parte de la memoria cultural de México. La luz descendía desde lo alto formando claroscuros sobre las piedras antiguas y sobre el piso gastado por millones de pasos administrativos, magisteriales y políticos.

Y entonces estaban los murales.

Los murales de Diego Rivera no decoraban simplemente el edificio: lo habitaban espiritualmente. Ahí estaban los campesinos, los obreros, las maestras rurales, los niños descalzos, las luchas sociales, las fiestas populares y las utopías pedagógicas del México revolucionario. Cada muro parecía contar una historia distinta de la nación. Mientras avanzaba por aquellos corredores rumbo a las reuniones de la comisión, muchas veces me detenía algunos minutos para contemplar las escenas pintadas por Rivera: los colores terrosos, las figuras monumentales, los gestos de lucha y trabajo colectivo.

Era imposible caminar por aquellos patios sin sentir el peso simbólico de la educación pública mexicana.

En algunos despachos todavía sobrevivían muebles antiguos, escritorios enormes de madera oscura, libreros altos y lámparas cuya luz parecía provenir de otra época. Y entre todos esos objetos casi legendarios destacaba el mítico escritorio de José Vasconcelos. Recuerdo haberlo observado con una mezcla de respeto histórico y curiosidad humana. Pensaba entonces en aquel hombre obsesionado con llevar libros y alfabetización a los rincones más apartados del país; en su idea casi mística de que la educación podía unificar espiritualmente a México.

El escritorio tenía algo de altar republicano.

Imaginaba sobre aquella madera las manos escribiendo decretos, cartas, proyectos culturales; imaginaba también las discusiones sobre escuelas rurales, bibliotecas ambulantes, campañas alfabetizadoras y misiones culturales que alguna vez intentaron transformar a una nación profundamente desigual.

Y, sin embargo, en medio de aquella grandeza histórica, nuestra comisión avanzaba lentamente hacia un desenlace bastante mexicano.

Participaban especialistas, funcionarios, pedagogos, representantes sindicales y legisladores. Se presentaban estadísticas, diagnósticos climáticos, estudios comparativos internacionales y argumentos médicos, laborales y académicos. Algunos defendían ampliar las vacaciones; otros proponían acortar los períodos de descanso para aumentar las horas efectivas de clase; algunos más insistían en regionalizar el calendario escolar debido a las diferencias climáticas del país.

Las sesiones eran largas. A veces interminables.

Y conforme avanzaban las semanas, fui recordando una máxima no escrita de la cultura política mexicana que los años me habían enseñado a reconocer con cierta ironía: “Si deseas que algo no se resuelva, forma una comisión.”

Y así ocurrió.

Después de largas sesiones, documentos voluminosos, exposiciones sesudas y debates aparentemente profundos, la conclusión final terminó siendo la más previsible de todas: que nada cambiara, que todo siguiera esencialmente igual.

El calendario escolar permaneció intacto.

Salíamos de aquellas reuniones atravesando nuevamente los patios del edificio de la SEP mientras los murales continuaban observándonos desde los muros con su silencio monumental. Y yo no podía evitar cierta reflexión melancólica: en México, a veces, las instituciones poseen una extraordinaria capacidad para discutir largamente el movimiento… con el único propósito de preservar la inmovilidad.

El tiempo, sin embargo, seguía avanzando.

Porque mientras nosotros debatíamos calendarios, ciclos lectivos y reorganizaciones administrativas, millones de niños seguían entrando diariamente a sus escuelas cargando mochilas, cuadernos y esperanzas. Y quizá ellos —los alumnos anónimos de las colonias, pueblos y comunidades del país— comprendían mejor que nosotros algo esencial: que el verdadero sentido del calendario escolar no reside únicamente en sus fechas, sino en la promesa silenciosa de futuro que cada generación deposita dentro de las aulas.

Se preguntarán mis tres lectores —tal vez ya sean cuatro— por qué escribo acerca del calendario escolar. Quizá alguno suponga que he sido víctima de una repentina nostalgia senil; que me he quedado atrapado en los corredores de la memoria entre antiguos pupitres, timbres escolares y cuadernos de caligrafía. Pero no es exactamente por eso.

La verdadera razón surgió hace apenas unos días, cuando leí con auténtico asombro una noticia publicada en diversos diarios nacionales: la Secretaría de Educación Pública, después de sostener una reunión con autoridades educativas de las treinta y dos entidades federativas, había decidido adelantar el final del ciclo escolar 2025-2026 al cinco de junio, en lugar del quince de julio como originalmente estaba previsto.

La noticia me produjo una mezcla de sorpresa, incredulidad y reflexión histórica.

Según lo anunciado públicamente por el secretario de Educación, Mario Delgado, las razones principales eran dos: la intensa ola de calor que afecta a buena parte del país y la realización del próximo Copa Mundial de la FIFA 2026, cuya inauguración ocurrirá precisamente en la Ciudad de México el once de junio.

La medida implicaba algo verdaderamente extraordinario: reducir el calendario efectivo de clases a solamente ciento cincuenta y siete días aproximadamente, muy por debajo de los ciento ochenta y cinco contemplados originalmente por el calendario oficial.

Confieso que al leer aquello sentí una especie de desconcierto histórico.

LEER PRIMERA PARTE