Acerca del calendario escolar

Por René Juvenal Bejarano Martínez

Primera de tres partes

Introducción

He decidido escribir estas páginas acerca del calendario escolar en México porque, conforme pasan los años, voy comprendiendo que existen temas aparentemente modestos que en realidad contienen la anatomía profunda de un país. A simple vista, el calendario escolar parecería ser apenas una disposición administrativa elaborada por funcionarios públicos: un conjunto de fechas, períodos vacacionales, consejos técnicos y días festivos distribuidos ordenadamente sobre el papel oficial de la Secretaría de Educación Pública. Sin embargo, detrás de esa aparente simplicidad se esconde algo mucho más complejo y más humano: una manera colectiva de organizar el tiempo, la infancia, la esperanza y el futuro.

Nací y crecí en un México donde la escuela pública todavía representaba una promesa moral para las familias humildes. Mi vida entera ha transcurrido alrededor de los calendarios escolares: primero como alumno de primaria en las calles semipavimentadas de la colonia Martín Carrera; después como adolescente en la secundaria pública; más tarde como normalista; posteriormente como maestro frente a grupo; luego como universitario; finalmente como legislador que llegó incluso a participar en discusiones oficiales acerca de la organización del tiempo educativo nacional.

Podría decir, sin exagerar demasiado, que he vivido bajo el compás de los ciclos escolares.

Por eso, cuando recientemente leí el anuncio de reducir drásticamente el calendario de clases por motivos relacionados con el calor y el Mundial de Futbol, sentí la necesidad casi íntima de escribir estas reflexiones. No porque considere que el calendario escolar sea intocable o sagrado, sino porque me preocupa profundamente la facilidad con que, a veces, las sociedades contemporáneas parecen dispuestas a disminuir el espacio simbólico y real de la educación pública frente a las presiones del mercado, del espectáculo o de la improvisación política.

Escribir sobre el calendario escolar implica escribir también sobre la memoria.

Cada generación mexicana conserva imágenes vinculadas a los ciclos escolares: el olor de los libros nuevos en septiembre; las ceremonias cívicas bajo el sol de otoño; los festivales decembrinos; los exámenes finales; la emoción de las vacaciones; los uniformes recién planchados; las madres levantándose temprano; los maestros preparando clases; los niños caminando rumbo a la escuela mientras el país despierta lentamente.

El calendario escolar no solamente organiza días: organiza emociones, rutinas familiares y expectativas colectivas.
Pero también es un espejo político y social. A través de sus modificaciones pueden observarse las prioridades históricas de los gobiernos, las concepciones pedagógicas dominantes, las tensiones laborales del magisterio y hasta las contradicciones ideológicas de cada época. En sus fechas están contenidas las discusiones sobre productividad, disciplina, descanso, clima, economía, salud pública y modelo de nación.

Tal vez por eso este texto avanza constantemente entre la memoria personal y la reflexión pública. No pretendo escribir un tratado técnico ni una investigación burocrática sobre el sistema educativo mexicano. Lo que deseo es algo más sencillo y quizá más difícil: comprender lo que el calendario escolar revela acerca de nosotros mismos.

Porque toda sociedad educa según la idea de futuro que posee.
Y acaso uno de los signos más delicados de una civilización consiste precisamente en la manera en que protege —o sacrifica— el tiempo destinado a enseñar a sus hijos.

En estas páginas hablaré de mi infancia en la colonia Martín Carrera; de las calles de tierra y de las primeras tardes rumbo a la Escuela Primaria “Juana de Asbaje”; de la secundaria y la Normal; de mi experiencia como maestro en Cuautepec; de los viejos debates en los patios monumentales de la SEP; y finalmente de la polémica reciente en torno al intento de acortar el ciclo escolar.

Pero más allá de las anécdotas, lo que atraviesa todo el texto es una convicción profunda: la educación pública no debe tratarse como un asunto secundario ni como una variable fácilmente ajustable según las coyunturas del momento.

Porque detrás de cada día de clases hay millones de historias humanas.

Y detrás de cada calendario escolar late, silenciosamente, el destino cultural de un país.

El calendario de la vida

Cuando pienso en el calendario escolar en México, no lo recuerdo primero como una disposición administrativa impresa en hojas oficiales de la Secretaría de Educación Pública, ni como una sucesión exacta de días hábiles, vacaciones y ceremonias cívicas. Lo recuerdo, antes que nada, como el ritmo mismo de la vida. El calendario escolar era el reloj secreto de los barrios humildes; la respiración colectiva de las familias trabajadoras; el anuncio silencioso de que el país seguía avanzando entre cuadernos forrados, zapatos boleados con grasa y desayunos apresurados al amanecer.

Mi educación primaria la cursé en la escuela Escuela Primaria “Juana de Asbaje”, ubicada en la calle Artes, apenas a tres cuadras de donde vivía, en la colonia Martín Carrera, al norte de la entonces inmensa y todavía desigual Ciudad de México. Era el año de 1962 cuando ingresé al turno vespertino. Yo tenía cinco años y el mundo era todavía una mezcla de polvo, asombro y pequeñas incertidumbres.

La Martín Carrera de aquellos años no era todavía la mancha urbana compacta que después se extendería hasta confundirse con los límites del Estado de México. Era una colonia periférica, casi fronteriza, situada muy cerca del Cerro del Tepeyac y del Sierra de Guadalupe, donde comenzaban los terrenos pedregosos, los caminos sinuosos y las extensiones semirrurales que aún conservaban algo del viejo paisaje del Valle de México.

En aquel tiempo, las calles no estaban pavimentadas. Durante el verano, el lodo se pegaba a los zapatos como una segunda piel; en los meses secos, el viento levantaba pequeñas tolvaneras que se metían por las ventanas, se acumulaban sobre los muebles y terminaban formando parte inevitable de la rutina doméstica. Las banquetas eran irregulares o inexistentes, y por las tardes se escuchaba el rumor de los vendedores ambulantes mezclado con los ladridos lejanos de los perros y el silbido del afilador que atravesaba lentamente las calles.

Mi madre acarreaba el agua en cubetas y botes desde la calzada. Aquella imagen permanece fija en mi memoria con una claridad dolorosa y luminosa al mismo tiempo: su andar firme, el esfuerzo silencioso de sus brazos, el balanceo del agua mientras regresaba a casa procurando no derramar demasiado. Todavía no existía drenaje en buena parte de la colonia y el alumbrado público era tan precario que, llegada la noche, las calles parecían hundirse en una penumbra apenas rota por algunos focos amarillentos colocados a grandes distancias unos de otros.

La pobreza, sin embargo, no era vivida entonces como un concepto sociológico. Era simplemente la normalidad. Vivíamos así millones de mexicanos que habitábamos las orillas de la ciudad, en una época en la que el crecimiento urbano avanzaba más rápido que los servicios públicos. Pero incluso en medio de aquellas carencias existía una intensa vida comunitaria. Las puertas de las casas permanecían abiertas buena parte del día; las vecinas conversaban desde las banquetas mientras desgranaban chícharos o limpiaban frijol; los niños jugábamos en la calle hasta que comenzaba a oscurecer y alguien gritaba nuestro nombre desde el interior de las viviendas.

Muy cerca se levantaban los cerros. El Tepeyac aparecía cargado de resonancias religiosas y populares; la Sierra de Guadalupe, en cambio, tenía para nosotros un aire más salvaje, más áspero, como si todavía perteneciera parcialmente al mundo rural. Desde algunas calles podía verse el perfil de los cerros recortándose contra el atardecer, especialmente durante los meses de invierno, cuando el cielo adquiría tonalidades rojizas y el aire olía a tierra húmeda, a leña y a maíz recién cocido.

En aquel entorno comenzó mi vida escolar.

El calendario escolar no era entonces únicamente una organización pedagógica: era también una forma de ordenar la esperanza familiar. El inicio de clases significaba comprar cuadernos, remendar uniformes, ahorrar monedas para los lápices y preparar a los hijos para una disciplina nueva. Septiembre olía a libros recién abiertos y a ceremonias patrióticas; noviembre traía el frío y los ensayos para los festivales; diciembre anunciaba las posadas escolares y las vacaciones; febrero tenía el aire luminoso de las mañanas despejadas; y junio comenzaba a llenarse de la ansiedad anticipada del fin de cursos.

Yo caminaba aquellas tres cuadras rumbo a la escuela como quien se adentra en un territorio enorme. A mis cinco años, la distancia parecía gigantesca. Miraba las zanjas abiertas, los charcos, los perros echados al sol y los postes inclinados de luz. A veces iba acompañado; otras veces avanzaba solo, sintiendo esa mezcla de temor y curiosidad que acompaña a los niños cuando empiezan a descubrir el mundo exterior.

La escuela aparecía entonces como un edificio solemne en medio de la precariedad del barrio. Sus muros representaban algo más que un espacio educativo: simbolizaban la posibilidad de otro destino. Muchos padres y madres de familia, aunque apenas hubieran cursado algunos años de primaria, depositaban en la educación una fe casi absoluta. La escuela pública mexicana de aquellos años tenía todavía el prestigio moral de una institución capaz de transformar vidas.

Y quizá por eso, cuando hoy se habla del calendario escolar únicamente en términos burocráticos o administrativos, siento que algo esencial se pierde. Porque detrás de cada fecha marcada en los almanaques oficiales existían niños concretos, barrios enteros, madres cargando agua, padres regresando exhaustos del trabajo, maestros que caminaban largas distancias y comunidades enteras que encontraban en la escuela pública una promesa de dignidad y ascenso colectivo.

Para quienes crecimos en aquellos márgenes de la ciudad, el calendario escolar era también el calendario sentimental de la infancia.

Recuerdo con nitidez aquella primera tarde en que ingresé al primer año de primaria en el turno vespertino de la Escuela Primaria “Juana de Asbaje”. Yo no había tenido la oportunidad de asistir al jardín de niños. En aquellos años, la educación preescolar era todavía más una excepción que una costumbre arraigada entre las familias populares. Para muchos hogares humildes de la periferia capitalina, el kínder pertenecía a un mundo ligeramente distante, casi reservado para quienes contaban con mayores posibilidades económicas o habitaban zonas más consolidadas de la ciudad.

Quizá por eso ingresé a la primaria teniendo apenas cinco años. Nadie cuestionaba demasiado la edad. Bastaba con que el niño supiera sostener el lápiz, pronunciar algunas palabras con claridad y no llorar demasiado al separarse de su madre durante las primeras horas de clase. Hoy las normas educativas exigen que los alumnos tengan seis años cumplidos al inicio del ciclo escolar; la educación contemporánea ha ido rodeando la infancia de criterios pedagógicos, psicológicos y administrativos mucho más rigurosos. Pero en aquella época las cosas ocurrían de manera más sencilla, más intuitiva, incluso más abrupta.

Entraba a clases a la una y cuarto de la tarde y salía a las seis. El turno vespertino tenía una atmósfera distinta al matutino. Las mañanas pertenecían al trabajo doméstico, a los mandados, a los juegos breves en la calle y a la espera pausada de la hora de ir a la escuela. Mientras otras ciudades del mundo organizaban su vida infantil alrededor del amanecer, nosotros, los niños del turno vespertino, crecíamos acompañados por el lento desplazamiento del sol hacia la tarde.

Mi memoria, ya lejana y parcialmente difuminada por el tiempo, conserva la impresión de que entonces el ciclo escolar comenzaba durante las primeras semanas de enero. Era otro México, otra organización del tiempo educativo y también otra relación del país con las estaciones del año. Los inviernos parecían más intensos que ahora. Tal vez no lo eran realmente, pero así los percibía la sensibilidad infantil: mañanas frías, alientos convertidos en vapor y manos entumidas mientras uno se abotonaba el suéter antes de salir de casa.

Con el paso de los años, las autoridades educativas modificaron el calendario escolar y trasladaron el inicio de cursos al mes de septiembre. Recuerdo haber escuchado uno de los argumentos que entonces se repetían con frecuencia: se buscaba evitar que los niños enfrentaran, en pleno arranque de clases, las enfermedades respiratorias propias del invierno. Era una decisión práctica, sanitaria incluso, pero detrás de ella también comenzaba a dibujarse una transformación más amplia en la manera de concebir la administración educativa nacional.

Desde entonces, toda mi educación primaria transcurrió bajo ese nuevo orden del tiempo: ingresar en septiembre y concluir hacia mediados de julio. Así, el calendario escolar fue adquiriendo una cadencia que terminó por convertirse en parte inseparable de la cultura mexicana contemporánea. Septiembre empezó a confundirse con el olor de los libros nuevos y las ceremonias patrióticas; octubre con los primeros fríos; noviembre con los ensayos para los festivales; diciembre con las posadas y las vacaciones; y julio con la sensación jubilosa de libertad que experimentábamos los niños al escuchar el último timbre antes del verano.

Sin embargo, visto desde la distancia, el calendario escolar era mucho más que una simple distribución de fechas. Era una manera de domesticar el tiempo colectivo de la nación. Millones de familias organizaban su vida alrededor de él: los períodos de trabajo, las vacaciones, las fiestas patronales, los gastos domésticos y hasta los estados de ánimo parecían acompasarse con la lógica de la escuela pública.

Para quienes proveníamos de colonias populares como la Martín Carrera, el calendario escolar tenía además otro significado más profundo: representaba la continuidad de una esperanza. Cada inicio de ciclo equivalía a una reafirmación silenciosa de que nuestros padres seguían apostando por el estudio como una posibilidad de ascenso, de dignidad y de futuro. Aunque faltara el drenaje, aunque el agua hubiera que cargarla en cubetas, aunque las calles fueran todavía de tierra y el alumbrado público apenas venciera la oscuridad, la escuela permanecía ahí, ordenando el tiempo de nuestras vidas y ofreciéndonos la sensación de que existía un horizonte más amplio que las limitaciones del barrio.

Y acaso por eso, tantos años después, cuando escucho hablar del calendario escolar únicamente como un asunto técnico o administrativo, no puedo evitar recordar aquellas tardes de mi infancia en las que caminar rumbo a la escuela significaba también entrar, modestamente, al porvenir.